Sobre lo que ocurre en Cataluña

El conflicto entre el Partido Popular y Cataluña viene de julio 2006 cuando los visionarios dirigentes del PP decidieron presentar un recurso de inconstitucionalidad contra el nuevo Estatut, el cual había sido previamente aprobado por el Parlamento catalán y las Cortes Generales y refrendado en el correspondiente referéndum vinculante.

Por aquel entonces, el Partido Popular estaba en la oposición y el independentismo suponía el 14,9% del censo según el Centro de Estudios de Opinión. A partir de ahí todo cambió: el PP ganó por mayoría absoluta las elecciones generales de 2011 y el independentismo se convirtió en la primera opción de los votantes en Cataluña según datos del mismo instituto demoscópico (3ª oleada 2013: 48,5% Estado independiente frente al 21,3% que preferían una España federal, el 18,6% Cataluña Comunidad Autónoma y el 5,4% simple Región).

La cucaña del referéndum

El gobierno de la Generalitat ha anunciado para el próximo 1 de Octubre, un referéndum vinculante por la independencia de Cataluña. Quiere esto decir que si el resultado de la consulta fuese proclive a la secesión, el ejecutivo catalán declararía a continuación la independencia. Esto sobre el papel, naturalmente, y sin exigir, por cierto, un porcentaje de participación mínima.

¿Qué opción se revela como alternativa más probable? Hay que tenerlos bien colocados para hacer un pronóstico, o ser un inconsciente. Yo apuesto, con la humildad y la osadía del inconsciente, porque la cosa se quede en un simulacro tras el cual los unos y los otros puedan conservar, con un grado más de exacerbación, su posición actual.

Este referéndum se nos presenta como la cucaña de las fiestas del pueblo. Se intenta una y otra vez alcanzar la cima pero una y otra vez los candidatos se precipitan al agua. En eso consiste el sarao, en una serie interminable de chapuzones. Y nadie se siente defraudado. Cuanto más aparatosa la caída, mayor la celebración (hasta que de repente aparece un despistado que consigue llegar a la cúspide entre el estupor de los asistentes).

Esta cucaña se ha ensebado con kilos de tocino, por los unos y por los otros. Más fácil sería trepar por un palo seco. Es decir, intentar una negociación con distintos plazos y objetivos. Los avances serían lentos, habría etapas de remanso y otras de aceleración, pero estamos hablando de Historia. Hasta el más convencido de los independentistas habrá de reconocer que una relación tan estrecha –íntima se diría– como la que Cataluña y España han protagonizado estos últimos cinco siglos no se puede romper entre empellones y trapicheos. Sabe positivamente que un proceso de este calado exige el cumplimiento de una larga lista de requisitos de múltiple naturaleza que no se resolverán por mucho que se retuerza la voluntad popular.

Un referéndum de independencia exige, de entrada, otro escenario, y una valoración profunda de argumentos, y un debate amplio y sereno, y la ausencia de elementos distorsionadores. Y requiere para su implantación de una mayoría sólida y consolidada y un plan de acción exento de incertidumbres y unos dirigentes limpios de sospecha dispuestos a adoptar las posiciones generosas que la creación de un nuevo Estado demandaría.

Sin embargo, el referéndum que se está montando no pasa de “trapallada”, término gallego que viene a significar algo así como “chapuza para cuando eres incapaz de articular la solución adecuada”. Repasar la lista de inconveniencias, objeciones, reparos, tapujos y mascaradas que se han acumulado en estos últimos meses nos alejaría del modesto objetivo de esta colaboración.

Todos ganan

Lo peor: este referéndum no garantizaría en absoluto la representatividad de su resultado. Resulta bastante probable que el independentismo gane con holgura cuando la realidad ciudadana sea posiblemente otra. ¿Cómo es posible entonces que se haya llegado hasta aquí? En síntesis, porque a (casi) todos beneficia el referéndum y porque a (casi) nadie perjudica.

El mayor beneficiario es claramente el Partido Popular. En cualquier otro contexto, resultaría inimaginable que una organización política tan agujereada por escándalos e indecencia pudiese conservar su condición de fuerza mayoritaria. El “proceso catalán” sirve al PP no solo para sostener su base electoral sino también como excusa para restaurar sus convicciones más profundas, esas que lo colocan una y otra vez ante el espejo del franquismo. Es algo más que curioso, por ejemplo, contrastar la obsesión que los populares muestran con la Ley en materia de Cataluña y el desprecio que manifiestan en otras cuestiones como la Memoria Histórica.

El partido heredero de Convergencia, el llamado PDeCAT, se agarra al referéndum como a su última tabla de salvación. El legado del pujolismo, el flujo de corrupción que inunda sus estructuras y el rastro de la política neoliberal que aplicó con fruición durante la crisis, han hundido las expectativas electorales de un partido histórico que ha protagonizado una bastante lamentable refundación. El referéndum sería su trofeo y la independencia su probable revitalización.

Esquerra Republicana lo tiene claro como el agua. En 2006, propugnó el NO al nuevo Estatut, postura apoyada tan solo por el 20,76% de los votantes. En las elecciones al Parlament celebradas ese mismo año, había obtenido el 14% del total de votos. Pero es que en los comicios de 2010, alcanzó únicamente el 7%; pasó a ser la quinta fuerza en Cataluña. A partir de la sentencia del Tribunal Constitucional de 2011 que afeitaba el texto del Estatut, ERC experimentó un ascenso meteórico que la ha situado como primera organización política y eje central del modelo que termine instaurándose. Esquerra se lo debe todo al Partido Popular y a su postura beligerante contra Cataluña.

El PSC-PSOE vive el referéndum como el intervalo que precisa para su reconfiguración orgánica. Agarrado a la bandera de la plurinacionalidad que cosiera en los años de la Transición, espera recuperar terreno en su segundo gran bastión territorial. Sin Cataluña, el PSOE nunca ganará en España. Con el PP y Ciutadans dominando el exiguo segmento de conformes con el statu quo actual, el PSC solo puede morder en las carnes de ERC y de En Comú Podem. Por ello debe visualizar y difundir el mensaje del federalismo, que sin embargo no garantiza la recuperación de protagonismo. De acuerdo con el Centro de Estudios de Opinión, la opción federal se encuentra en su momento más débil, con apenas un 21,7% de las preferencias (1ª oleada 2017).

Para Ciutadans, el referéndum no solo le permite mantenerse en el candelero como fuerza de origen catalán sino que, al igual que ocurre con el Partido Popular, le da alas para mostrar su carácter jacobino más rancio (y seguramente genuino) y seguir apoyando al PP por mucho que el partido gobernante continúe incumpliendo las iniciales exigencias de C’s.

Así pues, todos ganan. O casi. Queda el partido -o lo que sea- de Iglesias y Colau, Podemos y sus famosas confluencias, que semejan cualquier cosa menos una organización cohesionada. Dirán, echando mano de su versión más pop, que la cohesión no es imprescindible en política, que bienvenida sea la diferencia y el contraste, que de la mistura de ingredientes discordantes, emanará la esencia más pura. Dirán lo que quieran utilizando esa retórica pseudofilosófica tan de la Complutense que apenas entiende el ciudadano medio. Por eso están bajando en las encuestas. Por eso, a ellos lo del referéndum, no les cuadra nada bien.

Artículo publicado el 14 de Julio en Mundiario con el título: 1-O: Un referéndum que beneficia a (casi) todos en Madrid y en Cataluña

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