Archivos en el mes de Outubro del 2017

Vietnam de norte a sur

Visitamos Vietnam por rellenar un hueco personal. Nada sabía de las culturas orientales más allá de los tópicos. Así que desafiamos sentido común y resistencia física dispuestos a abordar las 24 horas de trayecto entre nuestra casa de A Coruña y nuestro hotel en Hanoi, capital de Vietnam. Hanoi se sitúa al norte de un país que se extiende como una lengüeta por el Pacífico más próximo al Índico. Entre aeropuerto y ciudad, descubrimos un territorio dividido en cientos de pequeñas fincas, el minifundismo a golpe de escuadra y cartabón. Al parecer, el sistema les funciona. En esta zona no plantan arroz porque el terreno, lindando con el río Rojo, es básicamente arenoso.

Así fue nuestro encuentro con una capital de seis millones de habitantes (contando área metropolitana): recorrido por el Barrio Antiguo a bordo de un triciclo taxi; una hora, dos euros. Edificios más bien destartalados a lo largo de calles estrechas a las cuales no vendría mal un punto más de higiene. Denso entramado de cables eléctricos. Diminutos taburetes de plástico donde sentarse a comer, charlar o jugar a las damas chinas. Calor sofocante y humedad. Muchos pies descalzos. Un tráfico inusitado. Scooters a miles, como termitas. Pequeños comercios plenos de baratijas.

Por la tarde, visitamos un teatro de marionetas acuáticas, pintoresco espectáculo ejecutado por casi veinte titiriteros y músicos. No dio para más el día. A la mañana siguiente, visita al Mausoleo de Ho Chi Minh, bloque granítico al estilo utilizado por otros líderes comunistas. El hombre quería algo modesto pero sus últimas voluntades no fueron respetadas. Allí mismo se encuentra la que fue su residencia, en un parque con vocación de jardín botánico. En realidad, el héroe de la independencia vietnamita ocupó una modesta casa de madera -la Casa Zancuda- a poca distancia del palacio presidencial. El lugar también acoge la Pagoda de un solo pilar (el budismo siempre presente, incluso aquí) y alguna otra curiosidad. Entre ellas, la flor de loto, símbolo budista, o las banderas de cinco colores que representan los cinco elementos según la filosofía china tradicional: agua, tierra, fuego, metal y madera (por los cuatro de Occidente: agua, tierra, fuego y aire). En uno de los templos, encontramos fotografías de difuntos señalados con la esvástica, símbolo que significa “prosperidad, buena fortuna” para los budistas.

Continuamos al Templo de la Literatura, dedicado a Confucio. Los templos en Vietnam se dedican a personalidades destacadas y las pagodas a Buda en sus distintas manifestaciones. El Templo de la Literatura se extiende a lo largo de cinco patios, uno por elemento. Seguimos visitando distintas pagodas donde descubrimos la curiosa tradición de ofrecer frutas y otras viandas a las deidades allí representadas. Por señalar alguna, nos quedamos con Tran Quoc y con el templo de Ngoc Son, en el lago Hoan Kiem al final del puente Rojo. Hanoi, por cierto, es rico en lagunas, lo que implica un cierto desahogo para una ciudad con tal nivel de caos y ruido. Última visita: el Museo de la Historia, que nos demuestra cómo los distintos pueblos se han comportado de manera homogénea en aras a la supervivencia y se han diferenciado, sin embargo, en cuestión de arte y creencias.

La bahía de Halong representó una de las decepciones del viaje, no por el paisaje, excepcional, sino por la explotación turística que se respira y por el exceso de horas impuestas en el programa. Un crucero de 2/3 horas sería suficiente. En camino para tomar el avión que nos conduciría a Hue, paramos en la pagoda seminario de Yen Tu, un complejo amplio que debería haber sido restaurado con algo más de cuidado. Llegamos a Hue, capital de Vietnam entre 1802 y 1945, donde visitamos la Ciudad Imperial, sede de los reyes títere, meras figuras decorativas manejadas por Francia. Después, la pagoda de Thien Mu y los templos funerarios de los emperadores Tu Duc y Khai Dinh. Estos templos se disponían en cinco zonas: patio de honor, estela, templo, tumba y lago. Un paseo, quizás prescindible, por el río Perfume, dio término a la estancia en esta ciudad de pasado rimbombante.

Tiramos en autobús para Hoi An. En el camino, hacemos parada en la laguna salada de Lang Co, lugar fotogénico, y en el Paso de las Nubes donde se localiza un antiguo enclave del ejército USA. Hoi An es Patrimonio de la Humanidad, una ciudad cruzada por el río Thu Bon el cual separa los distritos chino y japonés. El puente japonés, unido a una pagoda, es el símbolo de la ciudad. La concesión de la UNESCO se justifica por la sucesión de casas construidas entre los siglos XV y XIX que muestran una heterogeneidad de estilos e influencias. Se ha de visitar alguna casa específica, acondicionada ahora como museo; en nuestro caso, penetramos en la llamada Tan Ky. Me llamaron la atención, sobre todo, los dos altares instalados en el centro de la vivienda, uno dedicado a los difuntos de la familia, a los que se reza el 1 y 15 de cada mes del año lunar, y el ofrendado a Buda Misericordia, al cual se reza, con incienso, todos los días antes de salir al exterior. No lejos de Hoi An se encuentran las Montañas de Mármol; en sus pasos y cuevas se han esculpido altares hinduistas y budistas y se han construido pagodas y templos. Durante la Guerra del Vietnam, una de sus mayores cuevas fue utilizada como hospital.

Como último destino del viaje, recalamos en Saigón, hoy Ciudad Ho Chi Minh. No es capital aunque sus infraestructuras y su nivel de desarrollo lo merecerían. El tráfico en Saigón recuerda al enjambre de Hanoi. También la multitud de pagodas y templos.

Nos llamaron la atención especialmente Thien Hau, en el barrio chino de Cholon, y sobre todo, la pagoda del Emperador de Jade en la cual los fieles adoran exóticas esculturas vinculadas a Buda entre la niebla del incienso. Ciudad Ho Chi Minh presenta múltiples atractivos: su oficina de Correos diseñada por Gustav Eiffel, la Torre Bitexco que ofrece una vista panorámica espléndida, el estremecedor Museo de los Restos de la Guerra, el Museo de Bellas Artes con una importante colección de pinturas con motivos bélicos, el Museo de Medicina tradicional vietnamita, los túneles de Cu Chi o el delta del Mecong y sus casas flotantes. Un consejo final: como despedida, asiste al “A O Show” del Teatro de la Ópera, un espectáculo que combina de manera sublime las tradiciones de este país, la vanguardia expresionista y los deseos de felicidad para hombres y mujeres de buena voluntad.

Ve también “Lo que aprendimos en Vietnam

@pallarego

Lo que aprendimos en Vietnam

Los vietnamitas quieren vivir en paz. Son 92 millones. Su historia muestra un pueblo en permanente conflicto con China y en esporádica pugna con distintos países, Francia, Estados Unidos, Camboya… Su raza no se diferencia de la raza china. Por ello, hasta 1945, año de su independencia definitiva (esperemos), se teñían los dientes de negro, para diferenciarse.

El Vietnam de hoy contempla vestigios del pasado colonial. En torno a 1850, Francia ataca la península indochina en su ánimo de controlar el negocio de materias primas y abrir una ruta comercial hacia China. Consigue apropiarse del territorio hoy ocupado por Laos, Camboya y Vietnam. Los franceses dividen Vietnam en tres zonas geográficas y gobiernan a su antojo a través de los llamados “reyes títere”.  España ayuda a Francia en la campaña de Cochinchina, la zona sur con capital en Saigón. Las sublevaciones contra los franceses siempre fracasan hasta que durante la Segunda Guerra Mundial, Vietnam es ocupada por Japón, país aliado de la Alemania nazi. El movimiento de liberación nacional, de ideología comunista y liderado por Ho Chi Minh, aprovecha la vulnerabilidad que propicia la Guerra Mundial para alzarse en armas y recuperar la soberanía del país. No obstante, nuevas acciones por parte de Francia provocan la continuidad del conflicto hasta la firma de la paz en 1954.

Lo que habría de ser un acuerdo entre Francia y los países que conformaban en aquel entonces Indochina, se convierte en un apaño entre China y Estados Unidos según el cual Vietnam se divide en dos: el norte dominado por China, el sur controlado por los yanquis. Un intento de unificación con hegemonía comunista es contestado por fuerzas contrarias al proyecto apoyadas por Estados Unidos. Enseguida estalla la confrontación que terminaría por convertirse en una de las guerras más sanguinarias y crueles de la historia contemporánea. Las barbaridades cometidas por el ejército norteamericano han quedado reflejadas en el Museo de la Guerra de Saigón, cuya visita resulta estremecedora. En 1975, tras veinte años de lucha y muerte, Estados Unidos es vencido. Vietnam queda destrozado. La llamada Guerra del Vietnam aún se recuerda vivamente y no es para menos. Lo que ocurrió en aquellos años no debe ser olvidado jamás.

Pero lejos de intentar instaurar la paz como principio de convivencia, Vietnam, apoyado por la Unión Soviética, atacó Camboya en 1979. Con ello, acabó con el régimen aterrador de Pol Pot y los jemeres rojos, éstos apoyados por China. Las fuerzas vietnamitas permanecen en Camboya (llamada entonces República de Kampuchea) hasta 1989. En ese momento, el Partido Comunista de Vietnam ya ha adoptado los principios de la economía capitalista con lo cual el país, finalmente, inaugura una época de paz y de búsqueda del bienestar y el progreso económico. El desarrollo se pone de manifiesto en los millones de motocicletas que inundan las carreteras y caminos vietnamitas que antes se poblaban, sobre todo, de bicicletas. El tráfico resulta un caos incontrolable lo que hace pensar que, quizás, el crecimiento económico se está produciendo de manera igualmente poco equilibrada.

La nación vietnamita se edifica sobre tres pilares: el confucionismo, que inspira su vida terrenal, el budismo, que delimita su vida espiritual, y Ho Chi Minh, padre de la patria. Para un observador occidental, no es sencillo comprender la presencia tan sólida de doctrinas emitidas por un pensador -chino- que vivió en el siglo V a.C. y su influencia, por ejemplo, en el papel secundario que se suele encomendar a la mujer en el Vietnam del siglo XXI. Tampoco es fácil de entender la condición divina que se atribuye a un asceta -de nuevo chino y también del siglo V aC- capaz de adoptar muy diversas variantes. Más difícil aún puede resultar asumir esa convivencia diríase que natural entre el dogma comunista y las creencias religiosas que se derivan del budismo.

En términos más concretos, el visitante occidental se conmoverá por el esfuerzo de unos ciclistas en chanclas que desplazan con inusitada habilidad sus triciclo taxi entre un enjambre de motocicletas -sobre todo-, automóviles, furgonetas y autobuses. Será sorprendido ese visitante por la forma en la cual los vietnamitas confraternizan sobre minúsculos taburetes plásticos apostados sin orden ni concierto a lo largo de las aceras. Si su estómago se lo permite, podrá degustar platos de la gastronomía local en uno de los miles de puestos abiertos al público. También adquirir cualquiera de las baratijas que, por millones, ocupan unas tiendas que recuerdan la oferta comercial del “Chino Antonio”. Le sorprenderán seguramente las mascarillas que, en múltiples diseños, utiliza buena parte de la población a fin de protegerse de la contaminación y de los rayos del sol. Se asombrará por el enorme cauce de los ríos que riegan este país tan exigido por sus arrozales. Quizás llamen su atención unos carteles informativos que nunca están en alfabeto chino sino en el “quoc ngu” vietnamita, un legado de los franceses en su intento de marcar distancia respecto a la gran potencia mandarín. Ese visitante occidental, tal vez, se sienta defraudado al visitar alguna de las miles de pagodas distribuidas en cualquier localidad vietnamita, e incluso por los templos dedicados a los reyes y emperadores cuya pompa y ornamentación se encuentran a años luz de los que lucieron en sus momentos de esplendor las monarquías más poderosas del planeta.

En los diez días que pasamos en Vietnam, apenas disfrutamos de paisajes impresionantes; tampoco vislumbramos monumentos extraordinarios o lugares que nos dejasen sin respiración. Sin embargo, quedamos cautivados por un pueblo que, ajeno a sus aparentes contradicciones, muestra un respeto orgulloso por sus tradiciones legendarias al tiempo que encara un futuro por fin alejado de aquellos tiempos de contienda permanente.

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