Lo que aprendimos en Vietnam

Los vietnamitas quieren vivir en paz. Son 92 millones. Su historia muestra un pueblo en permanente conflicto con China y en esporádica pugna con distintos países, Francia, Estados Unidos, Camboya… Su raza no se diferencia de la raza china. Por ello, hasta 1945, año de su independencia definitiva (esperemos), se teñían los dientes de negro, para diferenciarse.

El Vietnam de hoy contempla vestigios del pasado colonial. En torno a 1850, Francia ataca la península indochina en su ánimo de controlar el negocio de materias primas y abrir una ruta comercial hacia China. Consigue apropiarse del territorio hoy ocupado por Laos, Camboya y Vietnam. Los franceses dividen Vietnam en tres zonas geográficas y gobiernan a su antojo a través de los llamados “reyes títere”.  España ayuda a Francia en la campaña de Cochinchina, la zona sur con capital en Saigón. Las sublevaciones contra los franceses siempre fracasan hasta que durante la Segunda Guerra Mundial, Vietnam es ocupada por Japón, país aliado de la Alemania nazi. El movimiento de liberación nacional, de ideología comunista y liderado por Ho Chi Minh, aprovecha la vulnerabilidad que propicia la Guerra Mundial para alzarse en armas y recuperar la soberanía del país. No obstante, nuevas acciones por parte de Francia provocan la continuidad del conflicto hasta la firma de la paz en 1954.

Lo que habría de ser un acuerdo entre Francia y los países que conformaban en aquel entonces Indochina, se convierte en un apaño entre China y Estados Unidos según el cual Vietnam se divide en dos: el norte dominado por China, el sur controlado por los yanquis. Un intento de unificación con hegemonía comunista es contestado por fuerzas contrarias al proyecto apoyadas por Estados Unidos. Enseguida estalla la confrontación que terminaría por convertirse en una de las guerras más sanguinarias y crueles de la historia contemporánea. Las barbaridades cometidas por el ejército norteamericano han quedado reflejadas en el Museo de la Guerra de Saigón, cuya visita resulta estremecedora. En 1975, tras veinte años de lucha y muerte, Estados Unidos es vencido. Vietnam queda destrozado. La llamada Guerra del Vietnam aún se recuerda vivamente y no es para menos. Lo que ocurrió en aquellos años no debe ser olvidado jamás.

Pero lejos de intentar instaurar la paz como principio de convivencia, Vietnam, apoyado por la Unión Soviética, atacó Camboya en 1979. Con ello, acabó con el régimen aterrador de Pol Pot y los jemeres rojos, éstos apoyados por China. Las fuerzas vietnamitas permanecen en Camboya (llamada entonces República de Kampuchea) hasta 1989. En ese momento, el Partido Comunista de Vietnam ya ha adoptado los principios de la economía capitalista con lo cual el país, finalmente, inaugura una época de paz y de búsqueda del bienestar y el progreso económico. El desarrollo se pone de manifiesto en los millones de motocicletas que inundan las carreteras y caminos vietnamitas que antes se poblaban, sobre todo, de bicicletas. El tráfico resulta un caos incontrolable lo que hace pensar que, quizás, el crecimiento económico se está produciendo de manera igualmente poco equilibrada.

La nación vietnamita se edifica sobre tres pilares: el confucionismo, que inspira su vida terrenal, el budismo, que delimita su vida espiritual, y Ho Chi Minh, padre de la patria. Para un observador occidental, no es sencillo comprender la presencia tan sólida de doctrinas emitidas por un pensador -chino- que vivió en el siglo V a.C. y su influencia, por ejemplo, en el papel secundario que se suele encomendar a la mujer en el Vietnam del siglo XXI. Tampoco es fácil de entender la condición divina que se atribuye a un asceta -de nuevo chino y también del siglo V aC- capaz de adoptar muy diversas variantes. Más difícil aún puede resultar asumir esa convivencia diríase que natural entre el dogma comunista y las creencias religiosas que se derivan del budismo.

En términos más concretos, el visitante occidental se conmoverá por el esfuerzo de unos ciclistas en chanclas que desplazan con inusitada habilidad sus triciclo taxi entre un enjambre de motocicletas -sobre todo-, automóviles, furgonetas y autobuses. Será sorprendido ese visitante por la forma en la cual los vietnamitas confraternizan sobre minúsculos taburetes plásticos apostados sin orden ni concierto a lo largo de las aceras. Si su estómago se lo permite, podrá degustar platos de la gastronomía local en uno de los miles de puestos abiertos al público. También adquirir cualquiera de las baratijas que, por millones, ocupan unas tiendas que recuerdan la oferta comercial del “Chino Antonio”. Le sorprenderán seguramente las mascarillas que, en múltiples diseños, utiliza buena parte de la población a fin de protegerse de la contaminación y de los rayos del sol. Se asombrará por el enorme cauce de los ríos que riegan este país tan exigido por sus arrozales. Quizás llamen su atención unos carteles informativos que nunca están en alfabeto chino sino en el “quoc ngu” vietnamita, un legado de los franceses en su intento de marcar distancia respecto a la gran potencia mandarín. Ese visitante occidental, tal vez, se sienta defraudado al visitar alguna de las miles de pagodas distribuidas en cualquier localidad vietnamita, e incluso por los templos dedicados a los reyes y emperadores cuya pompa y ornamentación se encuentran a años luz de los que lucieron en sus momentos de esplendor las monarquías más poderosas del planeta.

En los diez días que pasamos en Vietnam, apenas disfrutamos de paisajes impresionantes; tampoco vislumbramos monumentos extraordinarios o lugares que nos dejasen sin respiración. Sin embargo, quedamos cautivados por un pueblo que, ajeno a sus aparentes contradicciones, muestra un respeto orgulloso por sus tradiciones legendarias al tiempo que encara un futuro por fin alejado de aquellos tiempos de contienda permanente.

Continúa en “Vietnam de norte a sur

1 Comentario hasta el momento »

  1. A trenza » Vietnam de norte a sur dijo

    17 de Outubro del 2017 a las 6:34 p.m.

    […] Ve también “Lo que aprendimos en Vietnam” […]

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